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La piel, cuando está empapada, se vuelve delicada. Se marca con nada, pierde defensa natural y su vida útil se reduce. Lo que debería aguantar alegre una semana, quizá llega triste a mitad de camino. Y si la lluvia viene con viento, el suelo amanece alfombrado de fruta caída. Esa ya no podemos enviarla, por calidad y por sentido común.
Piensa en la piel del cítrico como un chubasquero vivo. Si lo saturas, se ablanda y cualquier roce deja una heridita invisible. Ahí es donde empiezan los problemas. Por eso preferimos sumar paciencia y restar prisas.
En tomates, pimientos y pepinos, la lluvia puede causar rajado, exceso de agua en el fruto y pérdida de sabor, obligando a una selección más cuidadosa.
Por otro lado, cultivos como la patata y la cebolla se ven afectados porque el suelo mojado dificulta la recolección y puede comprometer su conservación posterior. En el caso de otras hojas verdes, la lluvia vuelve las hojas más frágiles, sucias y menos duraderas.
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