Buenos días

Hoy empiezo la semana de buen humor 😄

Es que aquí es casi todo trabajo, eso ya lo sabes. Y cuando el trabajo no sale, o suceden situaciones que nos echan para atrás, hay que lidiar con la frustración

Y no se a ti, pero a mí, aprender de los fracasos, me ha llevado horas y horas de campo y tierra.

Tal vez te preguntes por qué te digo esto, y es por algo muy sencillo: porque esta temporada han vuelto las fresas a casa.

Y sí, es esa la razón de mi buen humor: erramos, aprendimos y lo volvimos a intentar.

Te he comentado, llevábamos un par de temporadas sin ofrecerlas y no fue un capricho. Sucede que es la alumna delicada de la clase y te cuento por qué. 

Para que llegue con ese sabor a de verdad, hay que pensarlo todo al milímetro y ejecutar como en una partida de ajedrez. Y ya nos conoces, aquí en Campos del Abuelo no tiramos de trucos raros para que aguanten como si fuesen de museo.

Trabajamos a mano, con cabeza, con respeto, y vendemos directo de nuestros campos a tu mesa para defender un precio justo. Somos un equipo de agricultores repartidos por toda España y cada caja lleva horas de cuidado, no semanas de artificio.

Te cuento cómo lo hacemos porque sé que te gusta el salseo del campo bien contado. Cada mañana reviso los pedidos, lo que pedís, se cosecha, así de simple.

Si hay fresas en tu pedido, son las primeras en salir de la mata. Las recogemos con mimo, montamos esas cajas antes que ninguna otra y van directas a la nevera unas horas, las justas para que respiren más despacio y viajen con buen temple. Luego pasa el transporte y salen pitando hacia tu casa.

Entre el campo y tu frutero apenas pasa un suspiro.

¿Por qué tanta coreografía con unas horas fresquitas y ya? Porque a la fresa le pasa como al pan del día, lo que marca la diferencia es el tiempo real, no el calendario.

Hay que cogerla en su punto y cuidarla para que no pierda agua ni ese perfume que te llena la cocina. En esas primeras horas el frío suave es un abrazo que la calma. Y ya.

En cambio, en las grandes superficies la película es otra. Allí la fresa suele terminar aparcada en cámaras de frío con humedad y temperatura milimetradas durante semanas, a veces hasta meses.

Aguantar, aguanta, claro, pero el precio es el sabor. Los aromas se van apagando poco a poco, la textura pierde alegría y al final te comes algo que parece fresa pero sabe a versión en acústico.

Nuestras fresas no hacen esa mili. Solo unas horas de nevera para mimarlas después de cosechar, cuidarlas del calor y enseguida carretera hasta tu mesa 🍓

Te dejo una pequeña curiosidad de agricultor para que presumas en la comida del domingo: Las fresas son como pequeños motores encendidos. Respiran mucho y muy rápido. Si las tienes una eternidad en frío, ese motor no se para, pero trabaja demasiado y va perdiendo chispa.

Por eso el truco no es enterrarlas en una cámara, es acertar con el punto de madurez, enfriarlas lo justo y ponerlas en camino cuanto antes. Ni más ni menos. Como cuando te tomas una horchata fresquita y no helada del todo, que así se notan mejor los matices. Ya me entiendes.

Volver a la fresa nos ha llevado tiempo y cabezazos, pero ha merecido la pena. Sabe a primavera, a campo, a ese mordisco que te hace cerrar los ojos un segundo. Si te llega alguna con forma traviesa o tamaño desigual, sonríe.

Es la huerta hablando en su idioma.

Gracias por seguir al otro lado, por valorar que cosechemos bajo pedido y por defender con nosotros una forma de cultivar que pone a la tierra por delante del espectáculo.

Pregunta lo que quieras, que para eso estoy, con las manos manchadas y el móvil lleno de tierra, pero siempre con ganas de contarte lo que pasa entre mata y mata.

Y si al leer esto te ha entrado antojo, no te culpamos. A mí también me pasa cuando repaso los pedidos y veo la palabra mágica. Fresa. Ay...

Un abrazo grande desde la huerta de Valencia y que tengas una semana redonda.

Nos leemos la próxima, con alguna historia más de campo que te saque una sonrisa y te enseñe algo útil 😉

Agricultor

Eduardo Cifre