
Buenos días, {nombre} ¿Qué tal el fin de semana?
Hoy te llevo de paseo a un fresal que ya no sale en los mapas, pero que, hace dos siglos, llenó de perfume y orgullo a Valencia. Porque, en aquel entonces, el fresón fue nuestro emblema, tanto como hoy lo son las naranjas.
En la huerta se organizaban veladas agrícolas, tertulias al atardecer entre hileras de plantas, con familias, intelectuales y agricultores compartiendo canciones, versos y cestas rebosantes. Dime si no suena a planazo.
Y espera, que hay un secreto guardado entre aquellas matas que explica por qué la fresa funcionaba aquí incluso cuando el suelo y el clima parecían llevar la contraria.
Es el mismo secreto que seguimos utilizando para, al día de hoy, cultivar los fresones que te enviamos a casa:

Primero la foto grande. Entre 1820 y 1880 Valencia fue potencia fresonera. Era cultivo y también identidad. En temporada el fresal era escenario, la comunidad se reunía, se aprendía del campo y también se celebraba. Había anécdotas de escritores improvisando rimas rojas como la pulpa y niños con los labios tintados de tanto probar.
Pero con el tiempo llegaron plagas y enfermedades del suelo que hicieron mucho daño, y la huerta tuvo que diversificarse. Tomates, lechugas, pimientos, y la naranja que entró y acabó de estrella de la función. Ya nos conoces, en Valencia si algo se tuerce, se busca otra vía y se sigue.
Y aún así, el fresón no se borró de la memoria.
Te preguntarás, {nombre}, cómo pudo florecer la fresa aquí si es una planta caprichosa. A la fresa le gusta el fresquito en las raíces y un suelo algo ácido, mientras que la huerta valenciana es más templada y nuestros suelos tiran a alcalinos. Vamos, más alcalino que un debate en el Congreso, pero con más sabor.
¿Entonces por qué funcionó? Porque nuestros abuelos tenían oficio y paciencia. Seleccionaban plantas rústicas, esas que aguantaban viento, calor y algún susto. Regaban a primera hora, con riegos que refrescaban la tierra y bajaban la temperatura del suelo, como quien se moja la nuca en agosto. Acolchaban con paja o restos vegetales, que es como ponerle sombrilla a la tierra, bonita y protegida.
Añadían materia orgánica bien hecha, que suaviza el pH y alimenta el suelo vivo sin prisas. Rotaban los cultivos para que el terreno respirara y no se cansara siempre de lo mismo. Todo sencillo de decir, pero de relojero, y sobre todo constante. Ahí estaba el truco.

Ese es el secreto del fresal valenciano que quedó un poco olvidado durante un siglo y que hoy muchos estamos recuperando. En casa, y con compañeros de toda España, seguimos esa misma filosofía. Trabajamos las parcelas como lo hacían nuestros ancestros, con manos, calendario natural y sentido común.
El fresón que te enviamos nace en suelos vivos, con acolchados que cuidan la humedad, riegos medidos para que la raíz no pase calor, y mucha selección en el campo para quedarnos solo con las plantas que mejor se adaptan a nuestra tierra.
Y si te estás preguntando si se nota, abre una caja y huele.
Y cierro como abrí, con un pellizco de memoria. No solo la naranja ha sido la estrella de Valencia. Antes el fresón llenó de tertulias y versos la huerta, y hoy vuelve a conquistarla sin prisa y con cabeza.
A mí me emociona pensar que cada caja que sale rescata un trocito de aquella historia y lo pone en tu mesa.
Si te apetece probar ese legado, aquí seguimos madrugando, cosechando bajo pedido y peleando por un precio justo para el campo.
Un abrazo grande desde la huerta de Valencia, gracias por estar al otro lado cuidando del campo con nosotros, y que tengas una semana bien sabrosa.
Nos leemos la que viene.

