
Buenos días
Hoy escribo con los pies manchados de tierra y la cabeza llena de caquis. He pasado la mañana con otros compañeros en la ribera del Xúquer y todos coincidimos en lo mismo. Antes de salir al mundo, toca conquistar España. Porque aquí mismo, a dos pueblos de donde los cultivamos, todavía hay quien no sabe ni qué es un caqui.
Te cuento un dato que a mí me deja torcido. España saca del árbol entre trescientas mil y trescientas cincuenta mil toneladas de caqui cada año. La mayoría nace en la Comunidad Valenciana, casi siete de cada diez. Y aun así, entre seis y siete de cada diez se van fuera en camión.
En casa, menos de la mitad de la gente lo consume con frecuencia. Es como cocinar un buen arroz y que se lo coma el vecino del quinto. Muy majo el vecino, pero oye, primero que lo prueben los de casa.

Parte del lío viene de lo que muchos recuerdan. El caqui de antes había que esperar a que estuviera blandito como mermelada. Si estaba firme, te hacía cara rara. Hoy la película ha cambiado. Hay caquis que se disfrutan firmes, como una manzana. Se pelan fácil, se cortan en gajos y a la boca. Y aquí es donde nos estampamos.
Mucha gente no lo sabe y se queda con la idea de la papilla naranja que mancha la camiseta. Si cuando digo caqui te viene esa imagen, nos debemos una charla y una cata.
También hay una brecha de edad curiosa. Los mayores suelen recordar el caqui de cuchara. Los más jóvenes, directamente, ni lo han probado.
Y mientras tanto, las estanterías se llenan de frutas importadas con campañas que valen un ojo de la cara. Nosotros, que lo tenemos en el patio de casa, nos hemos explicado poco. Culpa nuestra. Toca arrimar el hombro y hacerlo fácil.

¿Tiene sentido buscar mercados fuera si aquí aún no sabemos cómo se come este fruto? Para mí, no. Primero España, luego Europa. Cuando el consumo crece cerca del árbol, todo mejora: el agricultor recibe un precio justo, el producto viaja menos y llega con más sabor.
Cosechamos solo bajo pedido: cada mañana recogemos los caquis que realmente van a viajar. Del árbol a tu mesa en horas. Así se entiende lo que es un caqui de verdad.
Si está firme, pélalo como una manzana y disfrútalo con yogur, queso fresco o en ensalada. Si está blando, cómelo a cucharadas. Déjalo madurar en el frutero y luego guárdalo en la nevera un par de días.

¿Por qué insisto tanto? Porque aquí producimos caqui de primera y la gente todavía lo mira como fruta exótica. Exótica es la palabra que sale cuando falta explicación. No hay campañas potentes, el pequeño comercio a veces no lo coloca en un sitio que invite a llevárselo y la educación del consumidor brilla por su ausencia.
Aquí en Valencia lo cultivamos como lo hacían nuestros abuelos. A mano, con paciencia y con cabeza. Trabajamos con agricultores de toda España que cuidan sus árboles como si fueran parte de la familia.
Defendemos un precio justo y una forma de vender directa que nos permite mirar a los ojos a quien se lleva la fruta a casa. Por eso me encantaría que el caqui dejara de ser el desconocido del frutero. Que, cuando llegue el otoño, tenga su sitio asegurado en la mesa como la naranja o la mandarina.

Mañana, como cada día, revisaré los pedidos al amanecer y nos iremos a cosechar justo lo que haga falta. Ya verás como cuando pruebas un caqui en su punto, al siguiente lo reconoces a la primera. Ahí empieza la conquista de España, hogar por hogar, bocado a bocado.
Un abrazo grande y gracias por estar al otro lado. Seguimos en el campo, con la navaja en el bolsillo y muchas ganas de que el caqui deje de ser un extraño en su propia casa.
¡Hasta la semana que viene!

