Buenos días  

¿Cómo llevas la semana? Aquí en la huerta de Valencia andamos a pie de campo con el sol en la nuca y el cuaderno en la mano, coordinando pedidos con compañeros de toda España.

Ya sabes cómo trabajamos. Cada mañana miramos lo que habéis pedido y salimos a cosechar. Fruta cortada bajo pedido, como lo hacían nuestros abuelos pero con whatsapp y botas nuevas. Defendemos lo nuestro a un precio justo y con el mimo de siempre.

Hoy te quiero contar por qué el kiwi rojo es el niño mimoso del huerto. Es precioso por dentro, sabe a gloria y por eso vale más. Pero también es de esos que si le cambias la silla de sitio ya no come. Luego no digas que no te avisé.

El clima es su manía principal. A diferencia del verde o el amarillo, el rojo quiere temperaturas calmadas. Nada de subidas y bajadas entre el día y la noche. Si aprieta demasiado el calor, pierde intensidad de color por dentro. Si entra un fresquete traicionero, se frena y se queda pensativo, como quien mira el mar y no arranca. Así que lo suyo es equilibrio y pocas sorpresas.

Con el agua pasa otra curiosidad. La planta agradece riego, pero al kiwi rojo la humedad ambiental le sienta regular. Cuando el aire está muy húmedo o el suelo drena mal, aparecen problemas de hongos y la planta se resiente. Por eso en estas fincas hay que vigilar el drenaje como si fuera una esclusa. Suelo suelto, goteo fino y nada de charcos. Agua sí, pero con libreto.

La floración es puro cristal. Llega la primavera y la flor del kiwi rojo es delicada de verdad. Un golpe de viento, una lluvia a destiempo y adiós a unas cuantas flores. Sin flor no hay fruto, así que cada campaña es un pequeño examen.

La poda es el otro gran arte. El kiwi crece en parral y hay que guiarlo con paciencia, como si montaras una tienda de campaña. Ni sombra de más ni aire de menos. Abrimos la planta para que circule el viento y entre la luz justa. Si te pasas, se estresa. Si te quedas corto, la fruta sale menos dulce. Lo bonito de la poda es que no se hace con prisas. Se hace con ojo, años y conversación con la planta.

La polinización es media cosecha. Para que ese rojo interior sea intenso, la fecundación tiene que ser buena. Cuidamos a las abejas como a la familia 🐝 y se plantan machos y hembras en proporciones pensadas, todo mirando de reojo el parte del tiempo en floración.

El tramo final es el más tenso. El kiwi rojo se vuelve muy sensible a falta o exceso de agua y a golpes de sol. Si el riego no está fino, se puede agrietar. Si pega una quemada de agosto, se marca.

En esas semanas se vive en revisión constante, día sí, día también. Acariciar la fruta con la vista, que no con la mano, y ajustar riegos con pulso de cirujano. Aquí el chiste sería que el kiwi rojo es de lágrima fácil, pero te prometo que no exagero.

Y cuando por fin llega el momento de cortar, empieza el ballet de la postcosecha. Es una fruta menos resistente que sus primos. Hay que manipularla con suavidad, cajas que la abracen sin apretarla, temperatura fresquita y viajes cortos.

Todo esto que te cuento explica por qué hay menos producción y por qué su valor es mayor. No es un capricho del mercado. Es el precio de meses de mimos, de agricultores trabajando a la antigua, con paciencia y cabeza. Y cuando por fin le hincas el diente, entiendes que la rareza también sabe a trabajo bien hecho.

Si algún día ves kiwi rojo en nuestra web, acuérdate de esta carta. Detrás habrá un puñado de manos artesanas, muchas noches mirando el cielo y una mañana de cosecha solo para ti.

Un abrazo grande y gracias por estar al otro lado. Seguimos en el campo, con la navaja en el bolsillo y muchas ganas de que el caqui deje de ser un extraño en su propia casa.

¡Hasta la semana que viene!

Agricultor

Marketing Campos Del Abuelo