¡Buenos días!

Hoy te escribo desde la caseta, con las botas aún mojadas del rocío y la libreta en la mano. Ya sabes que aquí en Valencia y con los compañeros por toda España trabajamos todos los días.

Todos los días, cuidamos el campo y lo que nos brinda, como lo hacían nuestros abuelos, pero con la cabeza muy puesta en el presente.

Y el presente, por desgracia, viene movido. No me voy a poner épico, solo quiero contarte, de agricultor a persona que come cada día, cómo una guerra a miles de kilómetros puede tocar de lleno una naranja valenciana.

La historia va de dos pasillos de mar que son como los atajos del planeta. Uno se llama Bab el Mandeb y el otro Ormuz. Son estrechos de agua que conectan mares y océanos, y por ahí pasa tropecito de mercancías.

Por Bab el Mandeb circula una parte bien gorda del comercio mundial y por Ormuz pasa cerca de una quinta parte del petróleo del mundo. Imagínate dos embudos en una cocina. Si alguien los tapa o si se complica el paso, todo el fregado se retrasa.

Con la guerra en la zona muchos barcos han empezado a rodear por rutas más largas para evitar sustos. Eso añade kilómetros a lo bestia y días de navegación. Y claro, cuando un barco hace más kilómetros, traga más combustible. El precio del combustible ha subido y bajado, pero se ha quedado bastante más caro de lo normal. 

Cuando algo así ocurre, la cadena entera se tensa.

Y el campo está conectado al mundo por más hilos de los que parece.

Te pongo un ejemplo que nos toca muy de cerca. Trabajamos con un proveedor de insumos ecológicos para cuidar el suelo y los árboles de forma natural.

Hablamos esta semana y me comentó que, en los últimos meses, sus costes de traer la materia prima han subido en torno a un quince por ciento. Se les ha encarecido el viaje, el combustible, los seguros, todo. 

Cuando hablamos por teléfono se les nota en la voz, esa mezcla de orgullo por seguir haciéndolo bien y de angustia por no poder absorberlo todo. Han tenido que subir sus precios, y no porque se hayan subido a la parra, sino porque si no, no llegan.

Esa subida llega a nosotros como un dominó. Cuidar la tierra nos cuesta más.

Y aquí es donde nos partimos la cabeza cada semana.

Defendemos que el agricultor cobre un precio justo por su trabajo y que tú puedas permitirte comer bien. Lo fácil sería bajar la calidad o maquillar fechas de cosecha, pero, {nombre}, tú nos conoces y sabes que eso no va con nuestra filosofía. 

Lo nuestro es cosechar bajo pedido y entregarte lo que da el árbol cuando está en su punto, sin atajos. A veces nos toca revisar números, sí, pero aquí lo importante es cumplir la promesa: transparencia y respeto por quienes confían en nosotros. 

Para entenderlo con humor de estar por casa. Es como cuando vas a por pan andando y de repente cierran tu calle y tienes que dar toda la vuelta al barrio. Llegas con el pan, sí, pero te has hecho una caminata, te has ganado la ducha y el pan te sabe más caro aunque sea el mismo.

Con los barcos está pasando algo así, pero multiplicado por miles de kilómetros y por millones de kilos de mercancía. 🚢

Sé que estas cosas no se suelen contar en un email sobre campo, pero creo que es importante. Además, si te soy sincero, me gustaría saber tu opinión. 

Entre tanto, seguimos haciendo lo que mejor sabemos. Cuidar el suelo, mimar el árbol y recoger solo lo que nos pedís cada mañana. 

Este oficio tiene algo que me reconcilia con el mundo: me recuerda que más allá de banderas, titulares y mapas, todos respiramos el mismo aire, necesitamos agua y dependemos de la comida.

Y la comida nace de la tierra y de manos que la trabajan. Las tuyas quizás no estén llenas de barro como las mías, pero en el fondo estamos en el mismo barco. 

Tú confías en nosotros para llenar tu nevera con cosas buenas y nosotros confiamos en ti para que ese trabajo tenga sentido. 🍊

Un abrazo grande y gracias por estar al otro lado. Mañana temprano volveré a despertar temprano, para organizar lo que nos depara una nueva semana.

Hasta pronto y muchas gracias por llegar hasta aquí,

Agricultor

Eduardo Cifre