Buenos días

Mayo se nos ha echado encima y lo notas hasta con los ojos cerrados. Sales a la calle en Valencia y parece que alguien ha puesto el modo fiesta.

Las jacarandas tiñen las aceras de morado, las buganvillas se descuelgan de las paredes como si compitiesen por ver quién luce más guapa y en el campo cada ribazo está salpicado de flores. Lo digo siempre, la primavera aquí no entra, irrumpe.

Y cuando voy por la mañana a revisar los pedidos y luego a cosechar, se me cuela ese perfume dulce que te recuerda que todo está arrancando otra vez.

Además, {nombre}, no solo va de flores la cosa, sino de un bichito de vital importancia para nuestro trabajo, y qué digo: ¡Para nuestra vida!

¿Sabes de quiénes te estoy hablando?

Entre flor y flor se escucha el runrún de las abejas. Si te paras un minuto, ves la coreografía. Una se mancha de polen, la otra aterriza, se van pasando la noticia como si fuesen vecinas en una escalera. Ahí me entra la vena de profe: sin polinizadores no hay fruta ni verdura.

El truco es sencillo de entender aunque la naturaleza lo haya perfeccionado durante millones de años. El polen viaja de una flor a otra en las patitas de estos bichillos y gracias a ese viaje la flor cuaja y se convierte en fruto.

Sin esa visita, adiós tomates, calabacines, melones, manzanas, almendras y una lista que no cabe en esta hoja. Vamos, que los verdaderos jefes de la cosecha miden centímetros y zumban.

Mayo es también su mes grande. La colmena va a tope, la reina pone como si no hubiera mañana y las obreras salen y entran del campo en turnos que ya quisiera el metro de Madrid.

Cada abeja aporta una pizquita y entre todas hacen el milagro. Si yo trabajara la mitad que una abeja en mayo, me daban el premio empleado del siglo. Y de tanto vuelo y tanta flor sale algo que a mí me tiene conquistado desde crío: la miel.

Aquí viene una de esas cosas que me gusta contar porque explican por qué nos empeñamos en hacer las cosas a la antigua, con cabeza y sin prisas.

Nuestra miel es de brezo silvestre de montaña. No viene de un campo de una sola flor a kilómetros de colmenas iguales. Nace donde el monte es diverso y generoso, con brezos dominando y un montón de flores del sotobosque acompañando.

Por eso tiene ese color oscuro, ese aroma profundo que recuerda a monte y ese sabor con matices, menos empalagoso, más serio. La naturaleza, cuando la dejas ser, se pone creativa. Donde hay variedad hay vida, hay equilibrio y hay productos que tienen alma.

Esto lo veo claro cada vez que subo a la sierra a ver a Raquel la apicultora con la que trabajamos. Abres un panal y huele a brezo, a jara, a tomillo, a primavera comprimida en un bocado

Y mientras tanto aquí abajo, en la huerta, seguimos con nuestro día a día. Trabajamos codo con codo con más agricultores por toda España, defendiendo lo nuestro a un precio justo.

Cada mañana miramos la lista, vamos al árbol o a la mata, cosechamos lo que toca y a tu casa se va. Artesanal, como lo hacían nuestros abuelos, con la pequeña gran ayuda de esos arquitectos invisibles que son los polinizadores 🐝

Te invito a que esta semana te dejes contagiar por los colores. Mira arriba cuando pases bajo una jacaranda, asómate a ese muro tapizado de buganvillas, respira hondo si te cruzas con un romeral en flor.

La naturaleza en su estado puro es diversa y generosa. Y esa alegría se pega. Si te apetece llevarte un trocito a la mesa, ya sabes dónde encontrarnos.

La fruta y la verdura salen del árbol cuando tú las pides y, si te llama lo dulce, prueba la miel de brezo. Sabe a mayo, aunque la tomes en noviembre 🍯

Gracias por estar al otro lado. Nos vemos la semana que viene, con las manos manchadas de polen y una sonrisa, que mayo nos sienta así de bien

Un abrazo grande desde la huerta de Valencia 🌸

Agricultor

Eduardo Cifre