
Hola hola
Hoy vengo con algo que me hace una ilusión tremenda. Por primera vez en Campos del Abuelo ofrecemos aceite de oliva. Y no es cualquier aceite. Nace en Ciudad Real donde, al ver los olivares de Braulio, se siente lo mismo que cuando paso revista a mis naranjos en Valencia.
Esa mezcla de calma y nervio que solo aparece cuando el campo está cuidado con mimo de verdad. Cada olivo bien peinado, el suelo vivo, el riego ajustado con cabeza.
Se nota que son el orgullo de Braulio. Se le ilumina la cara cuando habla de sus árboles, cuando cuenta la historia de uno en particular. Como sucede aquí con los naranjos.
Pero vamos, que los comparo en mimo porque, de fondo, cosechar naranjas, con hacer aceite de oliva son actividades bien diferentes.

Braulio cuida sus olivares todo el año y también se encarga de extraer la materia prima para este aceite. Es un monovarietal cien por cien Arbequina. Traducido al castellano de bar, solo hay una aceituna en la película. Nada de mezclas raras ni aceitunas de Erasmus. Ese detalle ya marca carácter.
Además, las aceitunas se recogen en su punto y se llevan a la almazara el mismo día. Allí se trabaja en frío, con la temperatura bajita, como quien vigila el punto de un bizcocho para que no se le escape el aroma.
Con esto se consigue que el aceite conserve lo mejor de la aceituna.
La Arbequina tiene un perfil que engancha. En nariz es frutado y limpio, con esas notas de manzana recién cortada y ese recuerdo a plátano verde que se te cuela por la nariz.
En boca es fluido y dulce, dulce en el sentido de amable, sin aristas. Tiene un amargor y un picorcito suaves, bien integrados, de los que acompañan sin imponerse.
Por eso brilla en crudo. Sobre una tostada de pan calentito y tomate, ya te digo que te arregla el desayuno en un suspiro. En una ensalada de hojas tiernas o sobre unas verduras a la plancha, le pones un chorrito al final y el plato sube de nivel sin disfrazar el sabor.
Incluso hace migas con el bacalao desmigado y la naranja, un matrimonio muy nuestro que ahora me apetece solo de pensarlo.
Aquí entre nosotros, una pista sencilla para disfrutarlo aún más. Antes de mojar pan, acerca la nariz al plato y busca la manzana. Luego pruébalo solo, un par de gotitas en la lengua. Notarás cómo corre y cómo deja ese final suave que invita a repetir.
Es un aceite que no discute con la comida, la acompaña.

Todo esto encaja con nuestra forma de trabajar. Aquí cada mañana revisamos pedidos y vamos a cosechar. La fruta sale del árbol para ti. Es nuestro sello.
Con el aceite sucede algo parecido. No podemos cosechar la aceituna a demanda como hacemos con la naranja, pero sí podemos elegir a personas que trabajan como nosotros. Braulio recoge en el momento justo y muele en el día para que el aceite llegue fresco y con toda su alma. Así de claro.
Hay cosas que no se ven en la etiqueta y que se notan en la copa. Una poda bien pensada. Un olivo abierto a la luz. Un suelo cuidado que aguanta la lluvia sin hacerse barro. Remolques limpios y poco altos para que la aceituna no se chafe.
En la almazara, paciencia con la temperatura para que no se esfumen los aromas. Todo suma. Y cuando lo pruebas, lo entiendes sin necesidad de palabras técnicas. Si te apetece, haz la prueba en casa. Huele un aceite anónimo y luego este.
Verás la diferencia entre un aroma plano y otro que te cuenta una historia.
Me preguntabas qué lo hace especial. Pues eso. Que es aceite con nombre y apellidos. Que nace en los olivos de Braulio en Ciudad Real.
Y que detrás hay manos que conocen cada árbol y una manera de trabajar que a mí me recuerda a mis campos y a los de mis colegas.
El motivo principal de Campos del Abuelo sigue siendo el de siempre. Llevar a tu casa lo mejor del campo español.
Pero también encontrarnos por el camino con quienes cultivan con respeto y amor por su trabajo de agricultores.
Hoy ese encuentro tiene sabor a Arbequina y a pan tostado. Ojalá te guste tanto como a nosotros.
Un abrazo grande y hasta la próxima,

