
¡Buenos días!
Hoy te escribo con las manos aún moradas.
Estaba montando cajas y las moras de Antonio se van volando.
Ya tienen su fama entre muchos de vosotros y no me extraña. La mora es una planta muy salvaje y cuando la mimas te lo devuelve multiplicado.
El campo es un mundo muy amplio y cada planta o árbol tiene sus necesidades particulares.
Cuando hablo así de la mora no quiere decir que no necesite sus cuidados como toda plantita nuestra, pero es ese tipo de cultivo que no te va a quitar el sueño a menos que suceda algo como una lluvia imprevista.
Por lo general va por el caminito muy tranquila.
Eso sí, una observación porque Antonio siempre lo dice: salvaje sí, pero tragona como ella sola.
Deja que te cuente a qué se refiere mi compañero agricultor...

Necesita buena comida y buen suelo, por eso estas están plantadas sobre un fondo de estiércol de vaca y caballo. Ahí abajo hay un colchón que alimenta y esponja la tierra.
La parte de vaca aporta comida constante y la de caballo hace que el suelo respire y no se apelmace. Así las raíces, que son muy de ir por la superficie, encuentran siempre sitio blandito y nutritivo.
Debajo de tanta finura hay una buena cama de campo de verdad y se nota cuando te metes una mora en la boca.
Le llamo planta salvaje porque lo es en carácter y en costumbres. Cuando se acaba la cosecha se corta a ras del suelo, entero, como quien empieza de cero. Y no pasa nada. La misma planta saca en verano y otoño unas hijas que se van preparando con calma y serán las que den fruto la temporada siguiente.
A los ojos parece magia. En invierno dirías que ahí no hay nada y en dos mañanas de sol te monta una pared verde cargada de moras.
Por eso decimos que hay que guiarla y ponerle un poco de orden, para que no se convierta en selva y para que el sol le llegue bien. Si se airea lo justo, las hojas fabrican energía a gusto y las bayas engordan con dulzor y ese puntito de acidez que despierta.
Las moras, además, mandan en el calendario. No esperan. Son delicadas y no perdonan despistes, por eso encajan tan bien con lo que hacemos en Campos del Abuelo
Aquí cada mañana revisamos pedidos y salimos a cosechar lo que nos habéis pedido ese día y esto se nota en frutas así de frágiles. No necesitan girar medio país ni varios almacenes. Viajan poco y llegan con el mismo nervio que tenían en la planta.

Sé que muchos guardáis un recuerdo de moras salvajes de cuando éramos críos. Yo me iba al ribazo con mi abuelo y volvía con los dedos morados y la camiseta hecha un poema.
Aquellas moras del camino tenían su encanto, y puedo decirte con seguridad que las de Antonio conservan ese alma de zarza, pero además, vienen limpias, escogidas una a una en su punto justo.
Son más jugosas y más dulces sin perder el frescor. Eso no lo hace una cámara, lo hace el ojo del agricultor.
Detrás de cada caja que montamos hay mucho oficio de los de antes. Somos agricultores de Valencia y trabajamos con compañeros de toda España que cultivan como lo hacían sus abuelos.
Las plantas que nosotros cuidamos comen bien, beben cuando toca y trabajan a su ritmo. Y cada fruta y verdura es recolectada para vosotros, no para una estantería.
Gracias por apoyar lo nuestro. Gracias por confiar en este modo de trabajar al pie del bancal, con una tierra bien alimentada, plantas bien tratadas y envíos que arrancan cada mañana cuando amanece.
Con vosotros, cada fruta cosechada es alegría que se comparte
Un abrazo grande🌱

