Buenos días, ¿Qué tal tu viernes?

Hoy escribo entusiasmado, porque la temporada de cerezas de montaña viene bien, pero lo que se dice bien.

Alexander y Sujan, que son los que miman esas fincas en altura, cada campaña lo hacen mejor. 

Se nota cuando llegas a la parcela, miras los árboles, tocas el suelo y luego muerdes una cereza y se te escapa el típico vaya qué cosa más buena. No es casualidad. 

Ellos han decidido priorizar el sabor frente a la cantidad de kilos. 

A ojos del mercado esto suena a locura. A ojos de quienes vivimos del campo y queremos que siga vivo dentro de veinte años, es la única forma sensata de trabajar.

Los pasos para lograr esto son complejos de llevar a cabo, pero fáciles de explicar, a ver qué tal me sale:

En esas fincas se ha apostado por un suelo vivo. En vez de dejar la tierra pelada, han puesto una alfombra verde con leguminosas que, gracias a unas bacterias amigas en las raíces, capturan nitrógeno del aire y lo dejan en el suelo. Yo lo explico así porque me parece muy gráfico. 

Debajo de esa alfombra hay una fábrica silenciosa que alimenta la finca sin forzarla. Cuando se siega esa cubierta, toda esa hierba se convierte en comida para el suelo y suma materia orgánica. La materia orgánica es oro marrón. 

Hace que la tierra sea una esponja y no una baldosa. Absorbe mejor el agua cuando llueve, la guarda cuando aprieta el calor y además alberga bichitos buenos y hongos que ayudan a las raíces. Un suelo así cuida al árbol y el árbol cuida a la fruta.

Luego vienen las tijeras y el ojo. La poda no es correr por la fila y cortar por cortar. Es abrir la copa para que entre la luz, que es lo que pinta el color y da energía al fruto. Es dejar los puntos justos de producción para que el árbol no se venga arriba echando mil cerecitas pequeñas y sosas. 

Y cuando el cuajado ha sido generoso, se hace aclareo. Sí, quitamos fruta de la rama. Lo sé, suena a pecado capital si te miden por kilos, pero es como reducir una salsa en la cocina: sacrificas volumen para ganar concentración. 

Al final, donde antes había tres, dejas dos y esas dos llegan a un tamaño y un sabor de aplaudir. El riego también se mima. Nada de inflar la fruta al final para que pese más. Mejor el agua justa para que la pulpa quede firme y jugosa y no aguada.

En términos ecológicos, el cambio se nota hasta a simple vista. Donde antes la lluvia se llevaba la tierra ladera abajo, ahora la cubierta vegetal la protege. Donde antes el suelo se resquebrajaba, ahora se ve más mullido. 

Y hay más vida alrededor. Las flores de la cubierta atraen polinizadores y fauna auxiliar que nos echa una mano a mantener el equilibrio.

Todo suma al mismo objetivo: menos kilos, sí, pero más calidad, y más salud del campo.

Ojo, no te voy a vender que esto sea fácil. Requiere más horas, más paseos entre árboles, más dudas de las buenas. También te digo que cuando te pones en serio con la calidad, cambias el chip.

Dejas de mirar solo el remolque y empiezas a mirar la cara de quien muerde la cereza. 

Y ahí es donde Alexander y Sujan están brillando. Han entendido que no se trata de sacar todo del árbol hoy y ya veremos mañana. Se trata de que el árbol llegue con ganas a la próxima campaña. 

Te cuento más, algunos colegas deciden abandonar una parte de la cosecha de forma consciente. Se deja fruta en el árbol o en el suelo para que alimente a la tierra y a la fauna y para no forzar al sistema cuando no compensa.

Es una apuesta ecológica radical y da que hablar en en bar. Pero fíjate que encaja con la misma idea. No todo tiene que convertirse en mercancía para que el campo tenga sentido.

Si lo miras con las gafas del mercado, todo esto es una extravagancia. Menos kilos, más trabajo y un precio que tiene que reflejar ese esfuerzo. Si lo miras con las gafas del agricultor que quiere seguir aquí dentro de muchos años, es pura lógica.

Ya sabes que en Campos del Abuelo trabajamos así en todos los cultivos. Somos varios agricultores por toda España remando en la misma dirección.

Por eso, agradecemos que estés del otro lado y nos apoyes con tus compras, pero también con las pequeñas locuras sensatas como esta.

Si pruebas estas cerezas de montaña y sonríes, ya hemos ganado todos. 

Y si encima te pica la curiosidad y quieres que te cuente más del suelo esponja o de la alfombra verde que fabrica nitrógeno, me escribes y lo charlamos con calma 🌿

Un abrazo grande y que tengas un fin de semana bien dulce,

Agricultor

Eduardo Cifre