Buenos días.

Ya estamos a jueves, quién lo diría. Y ya en abril. 

Aunque aquí, en el campo, el reloj corre de otra manera. 

En abril la mañana llega con una luz dorada que se cuela entre los naranjos y te despierta sin pedir permiso. Huele a azahar, se oye el zumbido constante de abejas y otros polinizadores que van de flor en flor como si tuviesen una lista de la compra.

La tierra guarda aún el frescor de la noche y cuando metes la mano notas el tacto húmedo y mullido, como un pan bien levado.

Si te paras un segundo, te das cuenta de que el aire sabe un poquito diferente. 

Abril es el mes en el que todo despierta de verdad. Aprovechamos las horas largas de luz para rematar podas finas en los frutales, colocar las cañas que harán de guía a los tomates y las judías, y limpiar a mano las hierbas que compiten por el agua.

Empezamos los riegos regulares, suaves y al amanecer, para que el suelo beba sin que el sol se lo lleve por evaporación. 

Preparamos los bancales con mimo, como nos enseñaron los abuelos, a base de paciencia y herramientas de las de siempre. Hay días que acabas con los antebrazos que ni en el gimnasio, de atar y desatar cañas, pero es ese cansancio bueno que te deja la cabeza limpia.

En estas fechas el campo es una clase de ciencia al aire libre. Más luz significa más energía para las plantas. Más energía significa brotes, hojas, flores y abejas en fiesta. Si alguna vez has pensado por qué en primavera todo parece ir más deprisa, es por eso.

Pero curiosamente, a nosotros nos invita a ir más despacio para no estorbar, para acompañar sin meter prisa.

Y en medio de todo esto van saliendo nuestros productos de la temporada, que solo duran unas semanas y desaparecen sin hacer ruido. Como los fresones, que siguen avanzando a paso firme en su temporada.

Nuestras cosechas son limitadas, por la sencilla razón de que llegan y se van al ritmo de la naturaleza.

Trabajamos varios agricultores por toda España y nos organizamos como una pequeña orquesta. Cada mañana, antes de que el sol esté alto, reviso los pedidos con el primer sorbo de café y salimos a cosechar solo lo que habéis pedido. Directo del árbol a la caja.

No tiene misterio y a la vez lo tiene todo. Lo hacemos así porque es como lo hicieron nuestros mayores, con las manos y la cabeza, y porque comer algo que se ha cortado esa misma mañana tiene un sabor que no se puede explicar, solo se puede notar en silencio.

Ojalá hoy encuentres cinco minutos para pensar en todo lo que trae la primavera. Aunque sea en el portal de casa, con la puerta entreabierta, respirando hondo. Si en ese rato te imaginas el zumbido de las abejas y el crujido de una hoja recién cortada, ya estamos más cerca. 

Un abrazo grande desde Valencia y gracias por estar ahí. Cuando quieras, aquí nos tienes, cosechando bajo pedido al ritmo de la luz y con la calma de quien trabaja como le enseñaron sus abuelos. 

Que tengas una semana bonita y nos leemos la próxima, sin prisas y con buen humor. Hasta pronto.

Agricultor

Eduardo Cifre