
¡Buenos días!
Hoy vuelvo a un tema del que ya hemos hablado, pero al que siempre tengo que regresar porque aquí nos va la vida en ello: La polinización.
Sin polinización no hay frutas ni verduras, tan sencillo como eso. Puedes tener el mejor suelo, el riego perfecto y un sol de postal, que si no hay ese pase mágico del polen a la flor que toca, no hay cosecha.
Fin de la película. O mejor dicho, de la ensalada.
Y tal vez, {nombre}, te preguntes por qué te hablaré hoy de flores, polen y abejas. Bien, porque ha vuelto un producto y tiene una polinización que es bastante interesante.
Sígueme, vamos a la huerta.

Lo curioso es que no todas las flores son iguales y, por tanto, no todas se polinizan de la misma manera.
Hay flores completas que llevan “todo el equipo” en la misma flor y pueden apañarse solas, otras prefieren el intercambio entre plantas vecinas, unas se ayudan del viento, otras de los insectos.
Para entenderlo sin líos, piensa en tres caminos muy sencillos:
Autopolinizadas, que se bastan con un pequeño meneo del viento o el zumbido de un abejorro. Polinizadas por viento, que sueltan polen a tutiplén y el aire hace el reparto, como ocurre en muchos granos. Y polinizadas por insectos, donde abejas y abejorros hacen de carteros llevando el polen de flor en flor.
En la huerta española, muchísimas de nuestras queridas hortalizas y frutales dependen de ese trajín de patas con polen que hacen los bichitos buenos.
Y ahora al lío del calabacín, que justo vuelve a la web y me tiene contento. El calabacín es un caso muy chulo. En la misma planta aparecen flores macho y flores hembra. Es como tener un baile de fiesta en una sola mata. Las flores macho sacan polen a puñados, las hembra esperan con su pequeño calabacín ya formado detrás de la flor.
Cuando una abeja o un abejorro entra y sale de varias flores en su ruta mañanera, deja el polen donde toca y zas, empieza la magia. Si ese encuentro no sucede, el mini calabacín se queda en promesa. Se amarillea, se encoge o se retuerce y termina cayendo.
¿Y qué hacemos nosotros cuando las abejas van con retraso o el tiempo no acompaña? Pues nos toca hacer de cupido de la huerta. Flor por flor, a primera hora, cuando las flores están bien abiertas, pasamos el polen de la flor macho a la hembra.
Este es un trabajo que se hace con un pincel suave, aunque otros deciden hacerlo con la propia flor macho, como si fuese un beso de película.
Es un trabajo paciente y delicado, pero te prometo que es de los que más satisfacción dan. A las 24 o 48 horas, si todo ha ido bien, ves cómo la hembra empieza a engordar. Y a mí se me escapa una sonrisa, porque ahí sabes que habrá alegría en la cocina.
Aquí es donde digo siempre que la naturaleza sabe perfectamente lo que hace y que nuestro papel es acompañarla. No vamos a contradecirla. La seguimos, la observamos y le echamos una mano cuando hace falta, con métodos artesanales y respetuosos.
Como hacían nuestros abuelos. Este oficio tiene mucho de paciencia, de madrugar y de mirar flores, y un poquito de magia también. Porque ver cómo de una flor que ayer no existía hoy sale un calabacín lustroso, dime tú si eso no es magia de la buena ✨
Por cierto, el calabacín que ha vuelto es de la variedad Sinatra. Es el que más nos gusta para el calor por su ternura y su sabor suave, muy agradecido tanto crudo en ensalada como a la plancha. Sinatra entra en cocina y te canta al oído, ya verás.

Trabajo con un montón de agricultores por toda España que piensan y sienten igual. Cada uno con sus trucos y su tierra, pero todos con esa manera de hacer a la antigua, a mano, con cariño, sin prisas tontas, a vuelo de abeja. 🐝
Gracias por acompañarnos una semana más y por leer con ganas de aprender. Que nunca falte curiosidad en la mesa y buen humor en la huerta.
La polinización parece un detalle, pero es el latido de todo esto. Sin ella no hay tomate, ni calabacín, ni fiesta. Con ella, el campo canta.
Un abrazo grande y hasta la semana que viene,

