Hola hola, ¿cómo estáis?

Hoy escribo con el sombrero de agricultor bien puesto y el teclado como única herramienta. Quería hablarte de algo que a mí me cuesta un mundo y que sin embargo es clave para que todo salga bien: hacer una pausa. 

Suena sencillo, pero en el campo esa palabra tiene truco. Aquí los árboles no entienden de fines de semana, ni de cerrar sesión a las seis.

La naranja no espera a que a mí me venga bien, y el riego tampoco. El campo es intenso, te pide estar siempre, incluso cuando parece que “hemos parado”.

Te cuento cómo lo vivo yo...

En verdad la pregunta es: ¿Y dónde meto yo la pausa en todo esto? La verdad, me cuesta. Porque aunque llega un momento en el que paramos cuando aprieta el calor, siempre hay faena silenciosa.

Podar, revisar acequias, atar ramas jóvenes, arreglar la carretilla que decidió jubilarse sin avisar. Incluso cuando ya no quedan naranjas, nos esperan los árboles.

Por eso este ratito de escribirte es una demis pausas favoritas. Me siento, me quito el polvo de las botas y te cuento qué pasa en el campo. No es tumbarse a la bartola, pero mi cabeza baja una velocidad.

Respiro, miro la semana con calma y pongo en orden las ideas. Y aquí viene una verdad que aprendí con los años. Sin estas pequeñas pausas, el campo se hace sordo.

No ves los detalles finos. No notas que ese naranjo pide un respiro de agua, o que la parcela del fondo está adelantando el punto de corte. Con un poco de pausa, decides mejor. Y cuando decides mejor, la fruta se nota más cuidada. Así de sencillo. 

Los domingos, por ejemplo, bajo el ritmo. No es día de azada, es día de libreta. Reviso los pedidos que entran, dibujo el mapa de cosecha de la semana y reparto tareas con el equipo. Es trabajo, claro, pero suena a otra música. Más de pensar que de sudar.

Hoy planifico para que el lunes por la mañana, cuando revisemos la web, sepamos qué árboles visitar y en qué orden.

Tal vez en la ciudad suena raro. Allí uno cierra la puerta de la oficina y a otra cosa. Aquí la puerta es el horizonte y nunca se cierra del todo. Aun así, disfruto. Me gusta su ritmo, incluso cuando aprieta.

Esa mezcla de manos y cabeza, de madrugón y atardecer, de tradición y pequeñas mejoras. 

Espero que esto que te digo se note en cada caja que te enviamos.

Que al abrirla te llegue algo más que fruta y sientas el cuidado de una cosecha hecha a mano, el detalle de haber ido árbol por árbol.

Gracias por estar al otro lado y valorar que cojamos la fruta solo cuando la pides, y por apoyar a los que seguimos cultivando como lo hacían nuestros mayores.

Nos leemos pronto, un abrazo grande desde la huerta🌱

Agricultor

Eduardo Cifre