
Buenos días
Como cada sábado por la mañana me he sentado con el café a leer las noticias y zas, me he topado con algo que nos toca de cerca porque tiene que ver con lo nuestro: los alimentos.
Hace un mes entró en vigor aquí en España una ley contra el desperdicio alimentario.
Y un dato me ha dejado helado, de esos que te ponen tieso como una acelga... Resulta que cada español tira al año unos 24 kilos de comida a la basura.
Veinticuatro. Kilos. Casi un saco entero de naranjas del bueno.
Me ha dado un pellizco en el estómago, quizá porque en el campo eso no son solo números, son horas de trabajo, de riego, de podas, de manos curtidas y de ilusiones.

Me ha venido a la cabeza una de las razones por las que arrancamos Campos del Abuelo: no volver a desechar fruta o verdura por motivos estéticos. Te hablo claro porque ya lo hemos contado alguna vez.
Más de una campaña nos hemos quedado con naranjas estupendas sin vender porque no daban el calibre que pedía el mercado o porque llevaban una mancha en la piel.
Por dentro estaban de cine, dulces, jugosas, con ese aroma que te salpica la mañana, pero por fuera no posaban bien en la foto. Así de absurda puede ser a veces la cadena.
La nueva ley viene, sobre todo, a recordarnos el sentido común. Dice que lo primero es evitar que sobre, y si sobra y está buena, que llegue a un plato antes que a un contenedor. Tiene su lógica.
Pero también te digo que en el origen de mucho despilfarro hay una idea que conviene desmontar entre todos. Si la fruta parece perfecta por fuera, conviene dudar. La naturaleza es perfecta, sí, pero a su manera. No funciona con los estándares del lineal ni con la regla de medir el tamaño del gajo.
En el campo la piel cuenta historias: un roce del viento, una cicatriz de una rama, un verano con carácter.
Y nada de eso quita sabor.

El problema del calibre y la estética viene de lejos. Se inventaron unas medidas y unas categorías para organizar el comercio y acabaron mandando más que el propio sabor. Así, las piezas fuera de foto se quedan por el camino aunque estén de diez por dentro.
Tampoco se trata de ponerle toda la carga a la ley o al campo. En casa también mandamos mucho. La mejor herramienta que conozco para no tirar comida es una que no sale en el BOE y que me ha salvado más de una nevera: planificar.
Palabra sencilla y mano de santo. Revisar el frutero antes de comprar, ordenar la caja para comerse primero lo que está más maduro, reservar las piezas con la piel más sufrida para zumo o cocinar, pensar un poco el menú de la semana y dejar hueco para improvisar.
Si hace falta una ley para que dejemos de desperdiciar, bienvenida sea. Pero de verdad te digo que la batalla se gana con gestos pequeños y cabeza fría.
Planificar lo que cogemos del árbol y lo que metemos en el carrito.
Mirar con cariño esa naranja con pecas y entender que la belleza del campo no es de catálogo, es de sabor.
Gracias por leernos y por estar ahí, al pie del frutero. Entre todos hacemos que cada pieza encuentre su plato.
Un abrazo grande y feliz sábado,

