Buenos días desde la huerta de Valencia.

Hoy he amanecido con algo que se me vino con mucha claridad: Aquí vivimos con un ojo puesto en el futuro y el otro en lo que pasa ahora mismo delante de los surcos. 

¿Por qué te digo esto? En el campo, plantamos árboles pensando en los próximos diez años y, al mismo tiempo, cada mañana cosechamos lo que has pedido.

El plan está en los frutos que vendrán en el futuro, pero también en los que tenemos ahora mismo colgando de las ramas. 

Tal vez suene sencillo, pero lo cierto es que el campo te enseña rápido que un plan es un mapa a lápiz. Sirve, claro que sirve, pero debes estar dispuesto a borrar y volver a dibujar.

Y te cuento por qué...

En el papel todo encaja bonito: fechas de poda, escalones de cosecha, cuadrillas, rutas de envío. El excel queda precioso el domingo por la tarde y el lunes por la mañana ya parece un mapa del tesoro con tachones y flechas. 

Pero el cielo tiene su propio humor y las plantas también: un amanecer con niebla que no estaba previsto, un viento que te tumba una línea de fruta madura, una bomba de riego que decide jubilarse justo cuando no debía. 

Y cuando no es eso, es el tractor, que tiene la puntería de romperse el día clave. Debe de tener reloj suizo.

Aun así, planificar es vital. No podríamos coordinarnos con el resto de compañeros ni cosechar solo lo que nos pides si no tuviéramos la casa ordenada. Pero he aprendido que el valor del plan no está en que se cumpla al milímetro, sino en lo rápido que eres capaz de adaptarte cuando la realidad se sale del guion. 

Y esa lección no es solo de agricultor. En la vida pasa igual.

Yo sé lo que es que una tormenta ponga en duda el trabajo de todo un año. Aquí la gota fría (conocida también como la DANA), puede tirar del mantel y dejar la mesa patas arriba. Ves la fruta en el suelo, calculas en la cabeza, vuelves a mirar y respiras hondo.

En ese ratito entiendes dos cosas. Una, que el esfuerzo es condición necesaria pero no suficiente. Dos, que aun así merece la pena seguir. 

Al día siguiente recoges, sanear, ajustas, vuelves a atar cuerdas, llamas a los compañeros, te coordinas. Y sigues. No porque seas un héroe, sino porque el campo te educa en una mezcla rara de humildad y tozudez. Se nos escapan cosas, muchas, pero no se nos escapan las manos.

También hay otra cara de esta historia. Vivir con el futuro en la cabeza te obliga a cuidar el presente con lupa. La tierra se lee con los sentidos. El color de una hoja te cuenta más que un parte meteorológico. El crujido del suelo bajo la bota te dice si falta agua. El olor a tierra mojada te avisa de cómo va a venir el día. 

Ese estar atento es como una pequeña escuela de presencia.

Entre los pedidos de la mañana y la recolección, tienes momentos de silencio que valen oro. A veces pienso que el mindfulness lo inventaron los abuelos sin saberlo.

Si te soy sincero, esta forma de vivir me ha cambiado la manera de mirar las cosas. Me ha quitado un poco de esa ilusión de control que tanto apetece cuando uno anda con prisas. Y me ha dado otra más útil, la de la serenidad.

No es que crea que todo irá perfecto, es que confío en que, pase lo que pase, sabremos responder.

Ojalá esta reflexión de domingo te traiga al campo un ratito. Cierra los ojos, respira hondo y piensa en una hilerita de árboles moviéndose despacio con la brisa. 

Y si durante la semana algo se te sale del guion, acuérdate de nosotros aquí, con los planes a lápiz y las manos en la tierra, haciendo lo que toca hoy sin perder de vista el mañana. 🌱

Un abrazo grande y gracias por estar al otro lado. Mañana temprano volveré a mirar los pedidos y saldremos a cosechar lo tuyo. 

Hasta la próxima semana,

Agricultor

Eduardo Cifre